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'¿Por qué creó Dios el Mundo?[1]' La pregunta es muy simple, mas sin embargo entraña al mismo tiempo algunos de los misterios más sublimes. En realidad nosotros no tenemos la capacidad de comprender a Dios, y de la misma manera que no podemos comprenderlo a Él, no podemos comprender Sus motivos. Pero aunque no podemos comprender a Dios, si podemos tratar de entender al mundo y preguntarnos la razón de su existencia; podemos buscar y ver qué es lo que Dios mismo nos ha enseñado acerca del propósito de la creación, tanto en la biblia como en nuestras tradiciones.


Como nos enseñan nuestros sabios, no hay absolutamente nada que podamos decir acerca de Dios en un sentido positivo fuera del hecho que Él existe. Sin embargo si podemos hablar de Su relación con Su mundo.


Una de las principales cosas que podemos decir acerca de Dios en esta forma es que El es bueno; y no sólo decimos que Dios es bueno, sino también que El define al bien. Todo acto de Dios lleva en sí el Bien más puro e infinito que pueda existir. Su bondad y Su amor son las dos cualidades Divinas más fundamentales, hasta donde podamos comprender, y obran juntas dando como resultado su propósito. El Salmista expresa esto al decir (Salmo 145:9) "Bueno es El Señor para con todos, y Su misericordia sobre todas Sus obras".


Dios no tenía absolutamente ninguna necesidad de crear el mundo, ya que Dios mismo es la perfección absoluta y no tiene necesidad de nada, ni siquiera de la creación. Cuando El creó el mundo, llevó a cabo el acto más perfecto de altruismo y amor. Sin importar qué tan desinteresado pueda ser un acto humano, siempre habrá algún beneficio para el que lo haga, aún si es simplemente un cierto grado de autosatisfacción. Pero, por otra parte, Dios no tiene necesidades, y por ello, no hay nada en El que la creación pudiera satisfacer. Por lo tanto, fue el acto más perfecto posible de misericordia. El Salmista habla nuevamente sobre esto y dice (Salmo 89:I), "He dicho: El mundo es edificado con misericordias.


Decimos que Dios es bueno porque El actúa con misericordia. Ni Su bien ni Su misericordia están en forma alguna limitados. Hay un canto que se repite frecuentemente y que habla tanto de la bondad de Dios como de Su Misericordia. Dice (Salmo 136: 1) "Dad gracias a El Señor, porque El es bueno; porque para siempre es Su misericordia".


Dios no tenía absolutamente ningún apremio para crear el mundo. Por ello llamamos a Su creación un acto de misericordia pura e infinita. La letanía entonces continúa (Idem 136:5-9).


Al que hizo los cielos con sabiduría, Porque para siempre es su misericordia. Al que estableció la tierra sobre las aguas, Porque para siempre es su misericordia. Al que hace las grandes lumbreras, Porque para siempre es su misericordia. Al sol para que señorease en el día, Porque para siempre es su misericordia. La luna y las estrellas para que señoreasen en la noche, Porque para siempre es su misericordia.

El Baal Shem Tov explica esto de una forma un poco más profunda. Sabemos que Dios conoce el futuro igual como el pasado. Por lo tanto, aún antes de la creación, Dios sabia acerca de la humanidad; y en el momento en que supo del hombre, tuvo misericordia de él. Fue esta misericordia de generaciones que aún no nacían lo que llevó a Dios a crear el universo. Dios vió a la gente buena de cada generación, y Su misericordia para con ellos sirvió como enfoque de la creación. Nuestros sabios nos enseñan que Dios percibió los hechos de los justos antes de crear el mundo. Por ello nos dijo a través de su profeta (Jeremías 31:3), "Con amor eterno te he amado; por tanto; te he acercado a mí con misericordia".


Dios mismo llama a Su creación un acto de bondad. Es por esta razón que al final de la creación, la Torá dice (Génesis 1:35) "Y vió Dios todo lo que El había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera 117. Lo que Dios nos está diciendo en la Torá, es que la creación es una expresión de Su bondad. El Talmud nos relata una historia que expresa esto de forma más gráfica".


Rabi Akiba viajaba en una ocasión, y llevaba consigo un burro, un gallo y una antorcha. Llegó a una ciudad y buscó alojamiento, pero no le permitieron pernoctar allí. Rabi Akiba no se quejó; únicamente que tuvo que acampar al aire libre. Durante la noche, vino un león y mató a su burro; luego, vino un gato y mató a su gallo, y finalmente sopló el viento y apagó su antorcha. Nuevamente dijo él, "Todo lo que hace Dios es para bien".


En la mañana, Rabi Akiba regresó a la ciudad donde había buscado alojamiento la noche anterior; y encontró la ciudad saqueada y a todos sus habitantes asesinados. Si él hubiera pasado ahí la noche, estaría entre los muertos; si los romanos hubieran oído a su burro rebuznar, a su gallo cantar o hubieran visto su antorcha, lo hubieran encontrado y también le hubieran matado. Al darse cuenta de todo esto, exclamó: "como dije antes, todo lo que hace Dios es para bien".


Lo que nos enseña Rabi Akiba es que todo lo que hace Dios es ultimadamente bueno. Hay cosas que aparentemente contradicen esto y que pueden parecer malas y perversas; pero finalmente, todo proviene del bien (Dios) y terminará siendo bueno. Si tenemos la paciencia de esperar, veremos que todo es ultimadamente bueno.


Todo lo que hay en la creación es parte del plan Divino, y éste es el bien supremo. El sabio Salomón nos enseña entonces (Proverbios 16:4) "Todas las cosas ha hecho El señor para sí mismo, y aún el impío para el día de maldad". El Talmud comenta sobre esto diciendo, "Todo lo que Dios creó es para Su gloria".


Por supuesto, hay un punto más allá del cual no podemos preguntar, ya que no podemos comprender totalmente el motivo Divino para la creación; así como no podemos comprender cualquier otra cosa de Su ser. El creó debido a Sus propios propósitos y motivos, desconocidos para cualquier otro ser que no sea El; como expresó en Sus palabras el profeta (Isaías 43:7), "Todo lo que es llamado en Mi nombre, para gloria Mía lo He creado, lo Formé y lo Hice". "Cuando Dios habla de Su gloria, quiere decir que fue por Sus propias razones, más allá de toda comprensión humana." Con relación a nosotros mismos, llamamos a los motivos de Dios "bondadosos", pero en relación a Dios, están completamente fuera de nuestra comprensión."


La expresión del plan Divino se encuentra en la Torá, y como tal, sirvió como proyecto para la creación." Así fue que Dios llama a la Torá con el nombre de "buena", cuando le dice al sabio Salomon (Proverbios 4:2), "Porque os doy una buena enseñanza; no desamparéis mi ley". Nuestros sabios explican que esto significa que la Torá es el plan Divino supremo del bien para el mundo, y dicen, "No hay bien alguno además de la Torá". Fue este plan lo que llevó finalmente a Dios a crear el mundo. El bien no se puede dar a menos que haya alguien que lo reciba. Hay un Midrash que expresa esto bastante claro, y nos dice que Dios le preguntó a la Torá si acaso debía crear el universo. La Torá contestó: "Si el rey no tiene súbditos, entonces, ¿sobre quien reina?."


Lo que este Midrash nos enseña es que una vez que Dios hubo creado la Torá como plan para hacer el bien, entonces tenía que crear un mundo que lo recibiera. En cierto sentido podemos decir que Dios fue atraído por Su propio plan para crear el mundo. El plan mismo podía "decirle" a Dios (Proverbios 14:8) "En la multitud de gente, está la gloria del Rey"


Aryeh Kaplan

El mundo fue creado para el hombre<u>[2] </u>

La criatura destinada por Dios para lograr este propósito supremo, es el hombre. Es el hombre quien disfrutará de este acercamiento máximo a Dios en el Mundo Futuro, y por consiguiente llenará el propósito de Dios en la creación. Por ello nos dice a través de su profeta (Isaías 45:12), "Yo hice la tierra, y cree sobre ella al hombre".


Cada hombre debe considerarse personalmente como un socio de Dios en la realización de este propósito. La creación existe por el bien del hombre, y es el deber del hombre trabajar para completar la meta de Dios. Nuestros sabios nos enseñan que todo hombre debe decir "El mundo fue creado por mi bien" .


El Talmud nos da un excelente ejemplo. Una vez un rey construyó un espléndido palacio, lo decoró bellamente y lo abasteció con la mejor comida y bebida. Cuando todo estuvo terminado invitó a sus huéspedes, diciéndoles, "Si no hay huéspedes, entonces ¿qué deleite tiene el rey con todas estas cosas buenas que ha preparado?". Es por esto que Dios creó al hombre al final de la creación, de manera que todo el mundo estuviera preparado para recibir al invitado especial. Después de que todo hubo sido preparado, el huésped -el hombre- fue traído al mundo.


Uno puede preguntarse cómo es que Dios considera al hombre; después de todo, El reina sobre todo el universo, con un diámetro de miles de millones de años luz, el cual contiene cientos de miles de millones de galaxias y trillones de soles. ¿Cómo puede tal Dios preocuparse por el hombre? ¿Cómo puede colocar su meta para la creación en una simple partícula de polvo cósmico, a la que llamamos nuestro planeta tierra?


Esta cuestión la planteó por primera vez el Salmista. Pudo haber sido en una noche clara, cuando contemplaba el firmamento y vio como éste se iluminaba con un sinnúmero de estrellas, dándose cuenta de qué tan pequeño era realmente el mundo. Entonces irrumpió en el siguiente canto (Salmo 8:4-6):


Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, La luna y las estrellas que tú formaste, ¿Qué es el hombre, para que de él pienses, y el hijo del hombre, para que lo recuerdes? Sin embargo, le has hecho poco menos que Dios, y lo coronaste de gloria y de honor.

Sabemos que Dios existe independientemente de la dimensión del espacio; por lo tanto, no es difícil imaginar que el tamaño de algo, en sí es de poca importancia para El. Sin embargo, también sabemos que el hombre, y su cerebro en especial, está entre las cosas más complejas de todo el universo, y es infinitamente más complejo que la galaxia más grande. El cerebro del niño más pequeño es muchísimo más maravilloso que todas las estrellas visibles. No es de extrañarse pues, que el Salmista introduzca esta cuestión con la observación (idem 8:3), "De la boca de los bebés y de los lactantes, fundaste la fortaleza". El firmamento y las estrellas pueden inspirar un miedo reverente a Dios, pero una simple palabra articulada por un niño es inmensamente más maravillosa.


Además de ser complejo, el hombre es la creación más consciente del universo. Es tanto perceptivo como introspectivo, por lo que ni las estrellas ni las galaxias pueden igualarse a él en esto. Ya que estos factores realmente le conciernen a Dios, no es tan sorprendente que piense en nosotros. El hombre es único en la creación por su alma de origen Divino. En un lugar Job dice (Job 31:2) "¿Qué galardón me daría de Dios arriba?", al estar hablando del alma humana. Job la llama "galardón de arriba, de Dios"; porque el alma del hombre proviene de los niveles más altos de Dios, y es por lo tanto una porción de lo Divino.


La Torá describe la creación del hombre con las palabras (Génesis 2:7) "Entonces El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida". Nuestros sabios nos dicen que la Torá utiliza la expresión "sopló" debido a una razón muy especial.


Así como la respiración humana proviene de las cavidades internas del cuerpo, así el alma humana proviene de las profundidades más recónditas de lo Divino. El alma del hombre es por lo tanto, no menos que un respiro de Dios.


Un significado más profundo de esto es, que el alma humana fue el primer pensamiento y propósito fundamental de Dios en la creación; y por eso, está más cercano a él que a cualquier otra cosa. Para expresar esta proximidad, llamamos al alma un respiro de Dios. Más que ninguna otra cosa, es esta alma la que hace al hombre único en la creación. En un sentido espiritual, podemos decir que una sola alma humana es aún más importante que todo el universo físico. Esto es lo que quiere dar a entender el Talmud cuando dice, "Los actos de los justos valen más que la creación del cielo y la tierra".



[1] http://www.tora.org.ar/contenido.asp?idcontenido=51

[2] http://www.tora.org.ar/contenido.asp?idcontenido=49

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